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Leyenda del pozo amargo en Toledo, una trágica historia de amor

Toledo está repleto de leyendas. No existe una calle que no esconda tras su nombre y sus piedras una historia de amor, de venganza o de sufrimiento. La curiosidad innata que hay en mí siempre me ha movido a querer conocer más en detalle todas las historias que aguardan a ser contadas y, como no, Toledo no podía ser menos. Es mi ciudad natal, el lugar donde nací, donde me crié y donde crecí, así que qué menos que conocer su historia.

Mi padre siempre ha sido un magnifico orador y conocedor de las leyendas toledanas y aún hoy en día le sigo preguntando por nuevos detalles que escaparon a mi joven memoria.

Cuando era pequeña pasaba prácticamente a diario junto al pozo amargo. Una de mis mejores amigas vivía a muy pocos metros de esta pequeña plaza donde hoy en día aún es posible pararse a mirar el pozo y la placa que le acompaña. Una muestra tangible de una trágica historia de amor que antaño se difundió de boca en boca entre todos los toledanos.

Hoy en día no todo el mundo conoce esta historia imposible que bien podría haber servido de inspiración a autores como Shakespeare en muchas de sus obras.

Yo, particularmente, como toledana y como persona inquieta y curiosa que soy, quiero contribuir al recuerdo de esta leyenda, explicando con mis propias palabras y recuerdos la historia que acompaña al pozo amargo.

Como decía, durante mi infancia he pasado largas temporadas entre las calles que circundan al pozo amargo, visitando a amigas, volviendo del colegio y como no, también soñando con mi propio amor. Ese chico que te encandilaba con apenas 12 años y despertaba en ti por primera vez la ilusa sensación de enamoramiento.

Existen en Toledo muchas historias de amores no correspondidos pero el trágico final de la leyenda del pozo amargo lo convierte en un lugar predilecto. Esta historia aflige el corazón de cualquier persona, aunque tan sólo sea por empatía hacia la propia Raquel…

La leyenda del pozo amargo

En la ciudad de Toledo todo el mundo sabe que convivieron tres culturas al mismo tiempo: judíos, musulmanes y cristianos. Con más o menos paz y gloria, aunque no faltaban diferencias de credo y costumbres, compartieron las calles de esta ciudad durante siglos.

Bajo este pretexto nace el amor entre dos jóvenes, Raquel y Fernando, que nada tenía que ver con su condición social como hebrea y cristiano y menos aún con el creciente odio que anidaba entre estas dos culturas.

Raquel, hija del hebreo Samuel Ha-Leví, vivía en una opulenta casa con jardín que, según diferentes fuentes, estaría en la actual Casa y Museo del Greco. Como ocurre con muchas historias lejanas en el tiempo, el lugar donde ocurre toda la trama hay quien lo ubica en el jardín de la casa, mientras que otros se refieren al mismo pozo como el punto de encuentro de los enamorados. Wathever, como dirían los ingleses, ocurriese en un lugar u otro, lo que sí es cierto es que este pozo fue donde Raquel vivió el ocaso de su vida.

Volviendo a la historia, Raquel conoció fortuitamente a Fernando, un joven apuesto cristiano del que se enamoró perdidamente. Ese amor fue correspondido y cada noche, con la luna como testigo, se encontraban en la intimidad para dar rienda suelta a su amor. Un romance prohibido entre una judía y un cristiano que desde sus inicios estuvo condenado al sufrimiento.

Leví, el padre de Raquel, hacía responsable a los cristianos de todas sus desgracias y jamás permitiría la relación entre su hija y Fernando.

Noche tras noche los enamorados disfrutaban de su mutua compañía hasta que Leví, tras descubrir el engaño y convenido de sus ideales, acabó con la vida del pobre Fernando.

Raquel, testigo de esta tragedia y presa del dolor, dedicó el resto de sus días a llorar al pozo por la muerte de su amado. Dice la historia que su pesar era tan profundo que todas sus lágrimas amargaron el agua. El pozo nunca más se pudo volver a utilizar y de ahí su nombre actual.

Se dice que un día, entre llantos, Raquel creyó ver la silueta de Fernando reflejada en el agua y, víctima de la alucinación, se tiró por el pozo para reencontrarse con él.

El pozo amargo, testigo de una historia de amor imposible, poco tiene que envidiar al balcón de Julieta que hay en Verona. Al igual que en la obra de Shakespeare, donde los enamorados mantienen encuentros fortuitos en la noche, este joven cristiano y su querida hebrea vivirán el fin de sus vidas con la más absoluta certeza de lo que es sufrir por amor.

Cristina Fernandez
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